Microrrelatos para relajarseby @sergipib

Terror · Castellano ·

La sombra bajo la nieve

Autor: IA

Perdido en un bosque cubierto de nieve, Marcos descubre que una sombra sigue sus pasos. Entre el frío y la niebla, cada intento de encontrar una salida lo acerca a un secreto inquietante.

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Texto y locución creados con Gemini.

El frío entra por los huesos como si estuviera hecho de agujas. Marcos abre los ojos y tarda varios segundos en comprender que está tumbado sobre la nieve. El cielo, apenas visible entre las copas de los abetos, tiene el color opaco de una sábana vieja. Se incorpora con esfuerzo. Le duele la cabeza, le tiemblan las manos y no recuerda cómo ha llegado hasta allí.

Un bosque espeso lo rodea por todas partes. La niebla separa los árboles en franjas grises y convierte cada tronco en los barrotes de una celda sin paredes. Marcos se palpa los bolsillos: encuentra una brújula, un mapa húmedo y un teléfono con la pantalla rota. No sabe qué busca en ellos. Al encender el móvil, el aparato muestra una hora imposible y se apaga antes de que pueda leer la fecha.

Se pone en pie. El anorak está cerrado hasta el cuello, aunque la cremallera se le resiste bajo los dedos entumecidos. Lleva botas de montaña, guantes finos y una mochila ligera. En la nieve no ve huellas de entrada ni señales de un camino reciente. Solo una línea de pisadas que se pierde entre los árboles, como si alguien hubiera empezado a caminar antes que él y esperara que lo siguiera.

—¿Hay alguien por aquí? Necesito ayuda. No sé dónde estoy.

Su voz sale ronca y pequeña. El bosque se la devuelve convertida en un eco que parece venir de muy lejos. El viento agita las ramas altas, pero abajo todo permanece inmóvil. Marcos decide seguir las huellas. Cada paso cruje bajo sus botas y ese sonido le sirve de compañía hasta que, entre dos troncos, ve una figura negra.

La silueta es alta y estrecha, demasiado oscura para distinguir sus bordes. No tiene rostro ni ropa; parece un hueco recortado en la niebla. Marcos parpadea y la figura sigue allí. Cuando avanza un paso, ella no se mueve. Cuando retrocede, tampoco. Entonces el viento se detiene y el bosque entero parece contener la respiración.

Marcos echa a correr. Las ramas le arañan las mangas y las raíces ocultas le hacen perder el equilibrio. Corre sin saber si huye de algo real o de una idea nacida del frío. Al mirar atrás, no ve a nadie. Sin embargo, escucha pasos detrás de los suyos: lentos, pesados, siempre a la misma distancia, incluso cuando él acelera hasta quedarse sin aire.

Se refugia tras un pino ancho, con la espalda pegada a la corteza. Sus pulmones arden. Se tapa la boca con una mano para ahogar la respiración y escucha. Un paso. Luego otro. El crujido se detiene justo al otro lado del árbol. La corteza se cubre de una capa fina de escarcha que avanza hacia sus dedos.

—Vete. Déjame en paz. No te he hecho nada.

No hay respuesta. Un zumbido grave le vibra dentro del cráneo y le hace apretar los dientes. Por un instante, Marcos siente que el sonido no viene de fuera, sino de un recuerdo que intenta abrirse paso. Ve una luz amarilla, una puerta que se cierra y una mano enguantada apoyada contra un cristal. La imagen desaparece antes de cobrar sentido.

Asoma la cabeza. La figura ya no está. Marcos abandona el escondite y toma un sendero descendente, guiándose por la pendiente. El bosque parece cambiar a su alrededor: árboles que juraría haber dejado atrás vuelven a aparecer, y marcas rojas pintadas en los troncos forman una línea que se curva sobre sí misma. Aun así, caminar le parece mejor que quedarse quieto.

Más adelante, un claro se abre entre los abetos. En el centro hay una caseta de madera, hundida por un costado, con una ventana cubierta de escarcha. Marcos empuja la puerta. El interior huele a humedad y ceniza vieja. Una mesa, dos sillas y una estufa apagada ocupan el espacio. Sobre la mesa hay una taza vacía y un cuaderno abierto por una página en blanco.

Abre los ojos sobresaltado. En el cuaderno, la página ya no está en blanco. Hay una frase escrita con letra inclinada: «No sigas las luces». Marcos la lee dos veces. La tinta parece reciente, aunque el papel está húmedo y amarillento. Debajo hay otra línea, casi borrada: «Si oyes tu nombre, no contestes».

Un golpe suena en la pared exterior. Después, tres golpes más, separados por pausas regulares. Marcos toma la brújula y sale. En la nieve ve una hilera de huellas pequeñas que rodean la caseta. Las pisadas se detienen frente a la puerta, pero no hay rastro de vuelta. Al otro lado del claro, sentado sobre una piedra, un niño de unos siete años mira al suelo.

El niño lleva un abrigo azul descolorido y tiene el pelo pegado a la frente por la humedad. No tiembla, aunque la nieve se acumula en sus hombros. Marcos se acerca despacio. Reconoce algo en su postura: los brazos cruzados sobre el pecho, los dedos apretando las mangas, el modo de inclinar la cabeza para escuchar el viento.

—Escucha, pequeño. Tenemos que encontrar un refugio. ¿Te has perdido?

El niño no levanta la vista. Marcos se quita un guante y extiende la mano. Antes de tocarlo, escucha un silbido corto, como una llamada de auxilio. El niño desaparece. La nieve donde estaba sentado queda intacta. Solo persiste un susurro infantil que se pierde entre las copas: «No vuelvas a dejarme».

Se aleja del claro. La niebla se ha espesado y le cuesta distinguir el suelo. El frío ya no es solo una molestia: le ha apagado los dedos y le pesa en las piernas. Marcos sabe que debería buscar ayuda, pero no recuerda dónde está el pueblo, ni si dejó un plan de ruta. El mapa está húmedo; las líneas se han corrido hasta formar manchas oscuras.

Recuerda la frase del cuaderno. No sigas las luces. Da media vuelta. La luz se apaga y, desde la oscuridad, llega un chasquido seco. La sombra aparece en la orilla opuesta. Esta vez no está inmóvil: inclina la cabeza como si lo reconociera. Marcos cruza el arroyo por un tronco caído y corre antes de que la figura pueda acercarse.

El sendero termina junto a una pared de roca. En una grieta encuentra una baliza de emergencia, vieja y abollada. La pulsa. Solo obtiene un destello débil, pero el aparato suelta una grabación entrecortada: viento, estática y una voz de mujer pronunciando un nombre que no consigue oír. Marcos acerca la baliza al oído. La voz dice «Marcos» y luego se interrumpe con un golpe seco.

—¿Quién eres? ¿Por qué sabes mi nombre?

Al otro lado de la roca, un roble viejo extiende una rama gruesa sobre el sendero. De ella cuelga una mujer, inmóvil, sostenida por una cuerda. Tiene el pelo oscuro, la piel amoratada y los labios pálidos. Marcos retrocede de golpe. La mujer levanta la cara. Sus ojos, vidriosos un instante antes, se fijan en él.

—Ya no hace frío aquí arriba, Marcos. Ven. El descanso es profundo y caliente.

La mujer balancea el cuerpo con un movimiento leve. La cuerda no cruje. Detrás de ella, el sendero se abre hacia una hondonada y Marcos distingue una marca roja en un tronco. Es una señal de ruta. Durante un segundo piensa en seguirla, pero la mujer vuelve a pronunciar su nombre y la marca roja parece oscurecerse hasta volverse negra.

El hombre retoma la marcha y trata de ordenar las pocas cosas que recuerda. Una excursión. Una tormenta que llegó antes de lo previsto. El aviso de una mujer por teléfono. Él diciendo que conocía el camino. Luego, un portazo. No puede decidir si aquello sucedió esa misma mañana o muchos años atrás. En su bolsillo, el móvil pesa como una piedra.

Lo saca y mantiene pulsado el botón de encendido. La pantalla se ilumina por última vez. Aparecen llamadas perdidas, todas de un contacto guardado como «Aina». Marcos toca el nombre. Antes de que se abra el historial, el teléfono reproduce un mensaje de voz. La mujer de la grabación respira hondo.

—Marcos, soy yo. La previsión ha cambiado. No subas por el collado, por favor. Si ya estás allí, vuelve por el camino marcado. Llámame cuando recibas esto.

La grabación termina con un chasquido. Marcos se queda escuchando el silencio. Aina. El nombre le resulta cálido y doloroso. Recuerda entonces que salió de casa después de discutir. No fue una gran pelea, solo una conversación que ambos dejaron a medias. Ella le pidió que esperara un día; él respondió que necesitaba estar solo. Se marchó convencido de que la montaña siempre le había devuelto el camino.

La sombra vuelve a aparecer al final del sendero. Bloquea el paso entre dos abetos, más alta que antes. La niebla se arremolina alrededor de su cuerpo sin tocarlo. Marcos se detiene. Ya no corre. La figura alza un brazo largo y señala la pendiente a su izquierda. El gesto no parece una amenaza, sino una indicación.

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues desde que he despertado en este bosque?

La sombra insiste con el gesto. Marcos se acerca a la pendiente. En la nieve hay marcas de arrastre que bajan hacia un montículo junto a un abeto caído. La capa blanca está casi intacta, salvo por una rama que sobresale. Marcos aparta la nieve con las manos. El frío ya no le duele tanto; siente los dedos como si pertenecieran a otra persona.

Aparece una bota. Luego una manga oscura y una mano rígida, cerrada alrededor de un silbato de metal. Marcos reconoce la ropa, el anorak, la cicatriz en la barbilla. El hombre enterrado bajo la nieve tiene su misma cara. Sus ojos abiertos miran al cielo gris sin reconocerlo.

La verdad no llega como una frase, sino como una serie de sensaciones: la tormenta, el viento que le quitaba el equilibrio, el golpe contra el suelo, la nieve entrando por el cuello. Recuerda haber intentado levantarse y no haberlo conseguido. Recuerda que el teléfono vibró una vez en su bolsillo. Después, el cansancio se hizo tan profundo que dejó de luchar.

—Ese soy yo.

La sombra se coloca a su lado. Por primera vez Marcos percibe un contorno detrás de la oscuridad: hombros cubiertos por un abrigo, una cabeza inclinada, manos que no quieren tocarlo hasta que él esté preparado. No siente odio en la presencia, ni prisa. Solo la persistencia de algo que lo ha seguido a través de cada recuerdo.

La voz de Aina vuelve a sonar. No viene del teléfono ni del árbol. Está en el aire entre ambos, más cercana que antes.

—Estabas atrapado en el umbral, Marcos. No querías aceptar que el frío había apagado tu vida antes de que encontraras el camino.

Él mira el cuerpo, después la sombra. Entiende que la mujer colgada del roble no era una invitación a rendirse, sino la forma que había tomado su miedo: una promesa falsa de calor, una salida rápida que lo habría alejado de la verdad. El niño tampoco era un desconocido. Era el recuerdo de sí mismo, pequeño y asustado, esperando que un adulto no lo dejara solo.

—¿Y tú? ¿Eres Aina?

—Soy lo que has podido recordar de ella. Su voz, su preocupación. No puedo cambiar lo que pasó. Solo puedo acompañarte hasta que dejes de huir.

—Así que ya no hay salida. Esto es todo lo que queda de mí.

—El camino se ha acabado, Marcos. Ya no tienes que huir del frío ni buscar un calor que tu cuerpo no puede recuperar.

La sombra extiende unos brazos sin forma. Marcos no retrocede. El abrazo no tiene temperatura, pero por primera vez no le parece vacío. El zumbido cesa. Entre los árboles, el niño de abrigo azul levanta la vista y sonríe apenas, como quien por fin ha visto llegar a la persona que esperaba.

Marcos deja de notar el dolor de las manos y el peso de las piernas. La mujer permanece a su lado; el niño, unos pasos más allá. No hay explicaciones ni promesas, solo una quietud que ya no amenaza. La niebla los envuelve con lentitud. El bosque pierde sus bordes, los abetos se vuelven sombras claras y la nieve deja de crujir bajo sus pies.

Cuando el viento vuelve a soplar, no queda nadie junto al montículo. La tormenta cubre las huellas y suaviza la tierra alrededor del cuerpo. En algún lugar, muy lejos, un teléfono deja de vibrar. El bosque permanece inmóvil bajo la nieve, guardando el último silencio de Marcos.

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